Autoestima y amor propio
Construir una relación más estable con nosotros mismos.
LeerHablar de herida de abandono no significa necesariamente haber sido abandonados físicamente por nuestros padres. Dentro de los enfoques terapéuticos que utilizan este concepto, también puede referirse a experiencias tempranas en las que faltaron conexión, escucha, comprensión, protección, validación o disponibilidad emocional.
Un niño depende profundamente de sus figuras de cuidado. Por eso, una separación, una pérdida, una enfermedad, un progenitor emocionalmente ausente, un entorno familiar difícil o simplemente una respuesta insuficiente a determinadas necesidades pueden vivirse como una experiencia de desconexión.
Esto no significa necesariamente que nuestros padres no nos quisieran. Una persona puede haber sido querida y, al mismo tiempo, haber experimentado carencias emocionales importantes. Los propios padres pueden haber estado limitados por sus circunstancias, su historia o sus recursos emocionales.
En la vida adulta conservamos lo que hemos aprendido de niños. Asi que ese antiguo sentimiento de carencia puede aparecer como una intensa necesidad de atención, cariño, aprobación, reconocimiento o conexión. Y muchas veces no sabemos de dónde procede: solamente sentimos que necesitamos algo del otro para volver a estar bien.

Las experiencias infantiles no determinan de manera automática cómo seremos de adultos, pero pueden influir en la forma en que vivimos la cercanía, la separación y la seguridad afectiva. Si aprendimos que el vínculo podía desaparecer, que nuestras necesidades no siempre encontraban respuesta o que teníamos que adaptarnos para conservar el amor, podemos desarrollar una especial sensibilidad ante la distancia.
La herida puede permanecer relativamente silenciosa durante mucho tiempo y activarse precisamente cuando alguien nos importa. Entonces una demora en responder, una necesidad de espacio, un cambio de planes o una menor disponibilidad pueden sentirse con una intensidad que aparentemente no corresponde a lo que está ocurriendo.
Los materiales que sirven de base a este artículo distinguen entre el “gran abandono” —una muerte, una ruptura, una separación importante o una pérdida real— y los “pequeños abandonos”: situaciones cotidianas en las que alguien significativo no está disponible, no responde como esperamos o no puede ofrecernos lo que deseamos.
En el primer caso existe una pérdida objetiva y necesitamos atravesar un duelo. En el segundo, la situación presente puede estar despertando un dolor mucho más antiguo. Comprender esta diferencia ayuda a distinguir lo que está sucediendo ahora de todo lo que ese momento despierta dentro de nosotros.
No existe una única forma de reaccionar. Algunas personas buscan desesperadamente cercanía: necesitan confirmaciones, mensajes, contacto, disponibilidad o pruebas constantes de amor. Ante la distancia pueden aparecer ansiedad, celos, reproches, exigencias, miedo, rabia, control o una fuerte sensación de rechazo.
Otras hacen aparentemente lo contrario. Se protegen mediante la autosuficiencia, la frialdad o la distancia emocional. Evitan necesitar demasiado, no muestran vulnerabilidad o se retiran cuando una relación empieza a hacerse íntima. Aferrarse y alejarse pueden ser estrategias diferentes frente al mismo temor a sufrir. Ver relaciones: Rol Ansioso y Rol Evitativo
También podemos permanecer en relaciones que no nos nutren por miedo a la separación, adaptarnos a situaciones que realmente no queremos o intentar cambiar al otro para no enfrentarnos a la posibilidad de perderlo. En otras ocasiones buscamos aliviar el vacío mediante nuevas relaciones, sexo, comida, trabajo, reconocimiento, redes sociales, consumo u otras formas de distracción.
Estas compensaciones pueden proporcionar alivio temporal. El problema aparece cuando se convierten en la única forma de regular el malestar y nos impiden preguntarnos qué estamos intentando evitar. En lugar de juzgarnos, puede resultar más útil preguntarnos: “¿Qué necesito realmente?”, “¿qué temo perder?”, “¿qué estoy intentando no sentir?”.
La dificultad aumenta cuando responsabilizamos completamente al otro de nuestro estado interno. Una necesidad legítima de afecto puede transformarse entonces en exigencia: “si me quisieras, harías esto”. Reconocer nuestra propia activación no significa justificar comportamientos dañinos de los demás; significa poder diferenciar lo que pertenece a la relación presente de lo que estamos reviviendo desde nuestra historia.
Sanar la herida de abandono no consiste en volvernos invulnerables, autosuficientes o indiferentes. Necesitar afecto, compañía y conexión forma parte de la experiencia humana. El cambio empieza cuando podemos relacionarnos con esas necesidades sin convertir al otro en el único responsable de calmarlas.
El primer paso es reconocer la activación antes de reaccionar automáticamente. Podemos detenernos y observar qué sucede en el cuerpo: presión en el pecho, vacío, agitación, nudo en el estómago, miedo, tristeza o rabia. En lugar de salir inmediatamente hacia fuera —reclamando, huyendo, castigando o buscando una compensación—, podemos permanecer un momento con nuestra experiencia.
Desde el enfoque del niño interior utilizado en los materiales de referencia, este proceso implica acercarnos a la parte vulnerable que se siente sola, no vista o no suficientemente querida. Dicho de una forma más amplia, significa aprender a acompañarnos precisamente cuando aparece el miedo a quedarnos solos, en vez de abandonarnos también nosotros mediante el juicio, la huida o la desconexión o buscar alguna compañia desesperadamente.
Después podemos compartir lo que nos sucede desde la vulnerabilidad y no desde la acusación. “Cuando ocurre esto se despierta mucho miedo en mí” abre una conversación diferente a “tú me haces sentir así”. La intimidad necesita poder expresar necesidades y heridas sin utilizarlas para controlar al otro.
Cuando existe una pérdida real, además, no hay que convertir todo el dolor en una “herida infantil”. Una ruptura, una muerte o una separación importante duele por sí misma y necesita duelo. Shock, enfado, negociación, tristeza y aceptación son experiencias que pueden aparecer durante ese proceso, aunque no todas las personas las vivan igual ni en un orden fijo.
Quizá uno de los cambios más profundos sea dejar de interpretar cada distancia como una confirmación de que no somos importantes o de que nadie estará ahí para nosotros. Algunas personas se irán, algunas relaciones terminarán y otras no podrán ofrecernos lo que necesitamos. Sanar no consiste en impedir esas pérdidas, sino en desarrollar recursos para atravesarlas sin perdernos a nosotros mismos.Sintiendo que seguimos estando con nosotros mismos disfrutando de nuestros Recursos.
Podemos aprender a reconocer nuestras necesidades, poner límites, tolerar momentos de soledad, pedir apoyo, aceptar un “no”, elegir relaciones más recíprocas y retirarnos de aquellas que nos dañan. Poco a poco, la seguridad deja de depender exclusivamente de que alguien permanezca a nuestro lado.
El texto de Jeff Foster utilizado como referencia lo expresa desde una perspectiva contemplativa: cuando aparece el abandono, volver al cuerpo y permanecer presentes con nuestras sensaciones puede ayudarnos a no añadir un segundo abandono —abandonarnos a nosotros mismos cuando más necesitamos nuestra propia presencia.
Comprender lo que nos ocurre es un primer paso. A veces necesitamos también un espacio donde poder explorarlo con acompañamiento.
Soy Ángel Villa y acompaño procesos de crecimiento personal desde un enfoque emocional y corporal, integrando el trabajo con la codependencia, las heridas emocionales y la regulación del sistema nervioso.
Autor: Ángel Villa
Fuentes principales: materiales del Instituto Sammasati de Consciencia Emocional y extractos de Sanar el corazón, de Ketan Raventós Klein, sobre privación y abandono, relaciones, compensaciones, duelo y procesos de sanación; y el texto Rompiendo el ciclo del abandono, de Jeff Foster.
El concepto de “herida de abandono” y expresiones como “niño interior” se utilizan aquí como marcos terapéuticos y de crecimiento personal para explorar determinadas experiencias emocionales. No constituyen por sí mismos diagnósticos clínicos ni implican que todas las dificultades relacionales tengan su origen en la infancia.
Este contenido tiene una finalidad informativa y divulgativa y no sustituye la valoración o atención de un profesional sanitario cuando sea necesaria.