Herida de abandono
Cuando el miedo a perder el vínculo influye en nuestra manera de relacionarnos.
LeerEn algunas relaciones se establece, casi sin darnos cuenta, una dinámica en la que uno se hace grande y el otro se hace pequeño.
Quien adopta el rol parental puede convertirse en protector, consejero, proveedor, maestro, cuidador, terapeuta o salvador. Es quien ayuda, aconseja, resuelve problemas, sostiene o intenta dirigir al otro.
Quien adopta el rol filial ocupa una posición más dependiente: puede sentirse inseguro, confundido o vulnerable y encuentra en la otra persona alguien que le ofrece apoyo, dirección, protección o seguridad.
El problema no está en cuidar o dejarse cuidar. Aparece cuando estos papeles se convierten en la base de la relación y dejamos de relacionarnos como dos adultos en igualdad.

Salir de estos roles no significa dejar de cuidar, apoyar o necesitar a nuestra pareja. Significa aprender a hacerlo sin hacernos responsables de la vida del otro y sin entregar al otro la responsabilidad sobre la nuestra.
Quien tiende al rol parental puede empezar preguntándose: ¿ayudo porque el otro realmente necesita o me pide ayuda, o porque yo necesito sentirme necesario? También puede aprender a confiar, dejar que el otro tome sus propias decisiones y aceptar que haga las cosas de una manera diferente.
Quien tiende al rol filial puede observar qué responsabilidades está dejando en manos del otro y comenzar a hacerse cargo de sus propias necesidades, decisiones, dificultades y consecuencias.
Cuando uno de los dos deja de representar su papel, la dinámica empieza a cambiar. Puede resultar incómodo al principio, pero también abre la posibilidad de construir una relación diferente.
Una relación entre dos adultos que pueden cuidarse sin salvarse, apoyarse sin dirigirse y amarse sin hacerse responsables el uno de la vida del otro.
Estos dos roles pueden atraerse porque, al principio, ambos encuentran algo que necesitan.
El rol parental encuentra a alguien a quien cuidar, proteger o ayudar. Sentirse necesario puede hacerle sentir valioso, importante y reconocido. El rol filial encuentra a alguien que cree en él, le ofrece seguridad y le ayuda a afrontar aquello que le resulta difícil.
Durante un tiempo la combinación puede parecer perfecta: uno disfruta dando y el otro recibiendo; uno aconseja y el otro escucha; uno protege y el otro se deja proteger.
Pero detrás de esta complementariedad puede existir también una dificultad para mirar las propias necesidades. Uno puede refugiarse en salvar al otro y el otro en dejar que alguien se responsabilice de aquello que le corresponde afrontar.
El rol parental puede aparecer como una necesidad constante de aconsejar, solucionar, proteger, sostener económicamente, organizar o decidir qué sería mejor para la otra persona.
Al principio puede mostrarse comprensivo, generoso y cuidador. Pero cuando el otro no responde como esperaba pueden aparecer la decepción, la exigencia, el reproche o el control: “Con todo lo que yo he hecho por ti…”
El rol filial puede mostrarse inicialmente agradecido, complaciente y dispuesto a dejarse ayudar. Sin embargo, con el tiempo puede sentirse pequeño, controlado o desvalorizado y comenzar a rebelarse: “Estoy harto de que me digas lo que tengo que hacer.”
Así, el protector puede terminar convirtiéndose en controlador y quien se dejaba cuidar puede terminar reaccionando desde la rebeldía, la irresponsabilidad o el victimismo.
Cuando uno se hace grande y el otro pequeño, se rompe el equilibrio de la relación. Ya no estamos ante dos adultos que se encuentran desde un lugar semejante, sino ante una dinámica parecida a la de un padre o una madre con un hijo.
Quien ocupa el rol parental puede terminar cansado de sostener, solucionar y “tirar del carro”. La ayuda comienza entonces a generar una especie de deuda emocional: espera agradecimiento, cambios o que el otro siga sus consejos.
Mientras tanto, quien ocupa el rol filial puede sentirse cada vez más controlado y menos capaz. Lo que inicialmente experimentaba como protección comienza a vivirlo como una pérdida de libertad.
Surgen entonces los reproches, la lucha de poder y el distanciamiento. Esta desigualdad puede terminar afectando a la confianza, la intimidad, la sexualidad y el crecimiento de ambos.
Después del conflicto puede llegar una reconciliación y ambos regresar temporalmente a sus papeles iniciales. Pero si nada cambia, el ciclo vuelve a comenzar: cuidado, dependencia, expectativas, control, rebelión, conflicto y reconciliación.
El rol parental y el rol filial no son sinónimos de codependencia, pero pueden formar parte de dinámicas codependientes cuando la relación se organiza alrededor de necesitar ser necesario, salvar al otro o delegar en él nuestra propia responsabilidad.
Las heridas emocionales también pueden influir. El miedo al abandono, al rechazo o a no ser suficientemente valiosos puede llevarnos a buscar seguridad cuidando excesivamente, adaptándonos o dejando que otra persona asuma decisiones que nos corresponden.
Por eso en Codependencia.es observamos conjuntamente heridas emocionales, patrones relacionales y sistema nervioso: perspectivas diferentes que pueden ayudarnos a comprender por qué repetimos determinadas formas de vincularnos.
Comprender lo que nos ocurre es un primer paso. A veces necesitamos también un espacio donde poder explorarlo con acompañamiento.
Soy Ángel Villa y acompaño procesos de crecimiento personal desde un enfoque emocional y corporal, integrando el trabajo con la codependencia, las heridas emocionales y la regulación del sistema nervioso.
«Una relación entre dos adultos que pueden cuidarse sin salvarse, apoyarse sin dirigirse y amarse sin hacerse responsables el uno de la vida del otro.»
Autor: Ángel Villa
Fuentes y referencias: Contenido elaborado a partir de materiales formativos del Instituto Sammasati de Consciencia Emocional, especialmente sobre codependencia, rol parental y rol filial. Y el libro "Sanar el Corazon" de Ketan Raventos Klein.